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Tener una vida

Tener una vida es una pequeña novela de Daniel Jándula que plantea un gran desafío al lector, pues a través de su protagonista te conduce a un espacio reflexivo y angustioso del que no es fácil salir indemne. Ya el título sugiere, por el valor imperfecto e inacabado del infinitivo (estructura que se repite en cada capítulo), una vida a medio hacer, incompleta. Así es la vida de “David”, el protagonista. En una especie de crisis de los cuarenta, que deriva en una crisis vital, ha planeado la idea de viajar. Pero pronto advertimos que ese viaje, en este caso a la Patagonia, es un alejarse de una vida sin sentido, sin un proyecto claro, y, por lo tanto, viajar es sinónimo de desaparecer. El hecho de perder el avión, las maletas, o la propia desaparición de ese avión en la nada del océano… no impiden el proyecto inicial hacia la pérdida de identidad. El protagonista ya no tiene control sobre nada, se deja arrastrar, sus necesidades materiales son cada vez menores. Poco a poco va cayendo en un profundo ensimismamiento hasta acabar en la invisibilidad. La inercia del encierro y la inacción, lo arrastran irremediablemente hacia el abandono de las relaciones personales, que hasta acaban molestándole.

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Daniel Jándula

Pero lo novedoso es que esta crisis existencial se materializa con la metáfora del inquietante agujero surgido en la pared de su casa. Se trata de un punto negro de atracción y temor a partes iguales. El agujero representa las inquietudes de una vida vacía, de la que se intenta huir, alejarse, pero sin ir a ningún lado en concreto. Su vida es un fracaso: en las relaciones amorosas, en el trabajo, en la imposibilidad del hijo…, y cada aspecto de esa vida va a la deriva atraído por el agujero negro.

Llama la atención el estilo narrativo, tan conciso, que a veces me ha resultado complejo, por su inconcreción y abstracción. De hecho, no ha resultado una lectura especialmente atractiva, eso sí, Daniel Jándula ha conseguido encontrar el tono pesimista, claustrofóbico y nihilista que pretendía. La soledad del personaje es total. Su voz en primera persona, que lo llena todo, da eco a sus pensamientos, que dominan sobre sus actos. El propio protagonista aspira a una sintaxis y construcciones limpias, mínimas, limitadas a la esencia, añadiría yo. No hay adornos, todo es puro pensamiento.

Sin embargo, en aquellos capítulos que vuelven la vista al pasado (al hablar de sus padres y el resto de su familia, su infancia, incluso su relación con Lidia), en esos pequeños anclajes de su vida, adquiere mayor fuerza narrativa. Dominan entonces los sentimientos sobre los pensamientos, dotando al personaje de una identidad más real; una realidad que al contar el presente se desvanece.

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