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El mapa de los afectos

Ana Merino

Una familia de escritores

Aunque el nombre de Ana Merino resonaba en mi conciencia, no fue hasta su reciente premio Nadal (2020), cuando puede ubicarla en el panorama literario. Su apellido me llevó directamente a la voz del padre: José María Merino y sus cuentos (El viajero perdido). Ambas cartas de presentación, bien merecían abrir su primera novela. Ya iniciado el libro, la sorpresa fue enterarme de su matrimonio con Manuel Vilas. Casualidades literarias, mientras leía paralelamente Alegría, el autor aragonés me dio las claves de que Mo o Katherine Hepburn, su mujer, es realmente Ana Merino. Desde entonces le tomé cariño, y se convirtió en un personaje más.

Un mapa humano para orientarse

Cuando ya estás dentro de El mapa de los afectos, te das cuenta de que el título, sin duda, es el gran acierto de la novela: un mapa humano que nos conduce por una elaborada estructura. La presentación simultánea de personajes, salpicada de pequeños apuntes y breves acciones aquí y allá, va creando un complejo ambiente de sentimientos. Los hilos que van cosiendo esas diversas tramas hacen que la novela vaya cuajando poco a poco.  Aunque hay personajes con mayor carga narrativa, no podemos decir que haya un protagonista claro. Como lector vas vagando por los caminos y rutas que marca la autora, descubriendo personajes con vidas cotidianas pero marcados por la tragedia, por la muerte de un ser querido, por los celos, por las pasiones más bajas… Como una tradicional colcha de patchwork americana, se cosen aquí y allá retazos de historias, que vuelven a repetirse en el siguiente tramo, haciendo de la mezcla de telas y colores, una figura con sentido. Descubrimos además una especie de efecto mariposa en las relaciones, pues todo comportamiento influye, y los sentimientos de uno, las palabras de otro…, van marcando incluso a generaciones enteras, de padres a hijos.

Una ruta por la América profunda

Guiándonos por ese mapa personal que nos traza la autora, nos adentramos en la América profunda. Las sutiles descripciones de esos paisajes de campos eternos, salpicados aquí y allá por pequeños pueblos y granjas, y azotados continuamente por los vientos y la desolación, también marcan a los personajes. Y todo nos resulta cercano, pues esta realidad rural estadounidense, de la que la autora tiene un profundo conocimiento por su labor como profesora en la universidad de Iowa, comparte el mismo viento que mueve molinos en España o en Estados Unidos ( en algún momento también viajamos a España, donde el clima, en este caso el calor del sur, condiciona igualmente a los personajes). De hecho, en este mapa de afectos no encontramos precisas indicaciones con coordenadas geográficas, es todo un amplio y vago paisaje sin más delimitaciones que las que guían los sentimientos de los personajes. No hay tampoco indicaciones temporales más allá de los calendarios personales.

Una leve pérdida de orientación

El único aspecto negativo es una leve pérdida de orientación narrativa. Considero que, como lector, al entrar en el juego que marca la obra, quieres orientarte en el mapa, seguir el norte que te marca la autora, pero a veces notas que te pierdes. La guía, la voz narrativa, no cuaja, y a veces le falta potencia, fuerza, credibilidad…, aunque lo compensa con poesía.

Un libro necesario y recomendado para orientarnos en el complejo atlas de los sentimientos humanos.

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