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Alegría

DE ORDESA A ALEGRÍA

Después de la lectura de Ordesa, te queda un vacío. Dice la famosa cita que “un buen libro es aquel que se abre con interés y se cierra con provecho”. Pues bien, para mí, los buenos libros son los que se cierran con cierto pesar, con pena por que acaben. Es lo que pasa con Vilas. Sientes la necesidad de seguir escuchando su voz, una voz que desde su tono confesional, ya se ha convertido en una voz familiar con la que estableces una diálogo íntimo. Por eso, Ordesa te lleva a Alegría.

ALEGRÍA O MELANCOLÍA.

Cuando abres Alegría es como volver a casa: reconoces las caras, el lugar…, pero a la vez adviertes que algo ha cambiado. Si Ordesa era claustrofóbica (un apartamento, una calle, una ciudad…), Alegría amplía horizontes. Aunque a veces cae en el ambiente cerrado de las habitaciones de hotel, en general, el concepto del viaje de la experiencia aporta aires nuevos. Pero entonces te das cuenta del engaño. El título, de entrada, es un engaño. Entras con la esperanza de la redención, de la superación del pasado, pero luego descubres que Vilas te ha engañado, que sigue con su mismo discurso anclado en el pasado de sus padres. Sí que es un libro de búsqueda de la felicidad o de la alegría del momento presente, pero este se desvanece rápidamente entre los dedos, pues solo dura unos segundos, a lo sumo unos minutos, como lo que puede durar la llamada telefónica de unos hijos (“La condición de padre es la del mendigo del amor”).

Pero sigues leyendo y aceptas el engaño, porque este libro es también la búsqueda de la belleza que envuelve el dolor. El sufrimiento puede ser bello. La belleza es alegría. Luego el dolor es alegría. Y así es: el recuerdo doloroso de sus padres se torna catárquico, convertidos en compañeros de sus continuos viajes en soledad.

NUEVOS PERSONAJES Y PSEUDÓNIMOS CINEMATOGRÁFICOS.

Además de los padres, fantasmas materiales que acompañan ya sin tanto desgarro al autor, aparecen con mayor protagonismo nuevos personajes: los hijos, y sobre todo, la pareja. Y aquí es donde descubres el gran pilar de Vilas, otro motivo de alegría o  estabilidad. Y curiosamente Alegría te lleva a su vez a El mapa de los afectos de Ana María Merino. Pero eso es ya otra historia y otro libro.

En la caracterización de personajes sí que se produce un curioso cambio: de los pseudónimos musicales pasamos a los cinematográficos. Todo un logro, ahora además les podemos poner caras y gestos cercanos.

Junto a los personajes, más o menos corpóreos, cobra presencia Arnold o Nosferatu. Es la personificación de la ansiedad, la depresión, el spleen de los bohemios (y es que no sé por qué, Vilas me parece cada vez más la reencarnación de Baudelaire…) Con una presencia casi física (sobre todo en las perpetuas noches de insomnio), los diálogos que establecen Vilas-Nosferatu son un conjuro ante el miedo, los temores y la llamada de la muerte. Las palabras ilustran la lucha interior entre las aspiraciones de felicidad y alegría y los fantasmas de la depresión.

CÁPSULAS DE LÚCIDO PENSAMIENTO.

En todo momento, Vilas mantiene su voz reconocible. Rebaja quizás su tono poético en este libro, pero eleva su tono confidencial y sincero.  Es un discurso lleno igualmente de cápsulas lúcidas de interpretación de la realidad, que te devuelven al diálogo contigo mismo. Como lector reconoces en sus palabras tus propios pensamientos que resuenan internamente y salen a relucir removidos por el libro. Otro libro para subrayar y con un final digno de todo un poeta.

Algunas frases:

No creo que esté en la condición humana la aceptación resignada del paso del tiempo. No se puede disfrutar del presente sin tener el pasado delante. El presente es hermoso si completa el pasado. La vida necesita del ayer. Y por otra parte, en la resignación puede haber alegría. Y los fantasmas no son menos importantes que los seres de carne y hueso.”