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Siri Hustvedt

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Siri Hustvedt: la “princesa” autocoronada reina.

Los premios literarios tienen, más allá del reconocimiento público para el autor galardonado, una función social para el lector: nos permiten ir descubriendo nuevos escritores. Eso es lo que ha supuesto para mí la reciente premio Princesa de Asturias de las Letras 2019, Siri Hustvedt, un nombre que cuesta escribir y que recuerda a asistente virtual, pero que rápidamente trae referentes cercanos. Y es que la carta de presentación que aparece en los medios de comunicación nos recuerda que es la mujer de Paul Auster.

Pero superando esas anacrónicas referencias a la mujer que vive a la sombra de su marido, lo cierto es que la “princesa” Siri Hustvedt viene reclamando su trono personal desde hace tiempo. De origen noruego, su físico muestra su carácter fuerte, y toda su trayectoria literaria (novelas y, sobre todo, ensayo) es un ejemplo de reivindicación del papel de la mujer, unida a un concepto de literatura que va más allá de la pura ficción, para entrelazarse con la ciencia, el arte, la psicología, y todo aquello que tenga interés para el ser humano, en una nueva suerte de humanismo.

El universo neoyorkino.

Adentrándonos en su obra, sin embargo, y aunque queramos evitarlo, sí que encontramos paralelismos entre Auster y Hustvedt. Lo cierto es que el universo literario de ambos autores es similar, comparten el mismo universo neoyorkino: entramos dentro de las casas, ubicadas en edificios de tranquilos barrios de Nueva York, familiares para los lectores que han seguido Friends o Cómo conocí a vuestra madre. Recorremos los espacios vitales de los personajes, intelectuales en su mayoría, con unos intereses que son similares a los intelectuales de cualquier parte del mundo (el arte, con el admirado Goya, la música, el cine…, presentes en sus diálogos y digresiones). Además, en algún caso, hay acontecimientos muy similares en sus novelas, como el trágico episodio de la muerte en la infancia, también presente en la última obra de Auster 4321.

Descubriendo algunas de sus novelas.

Todo cuanto amé

En mi búsqueda de la autora tras la noticia del premio, este fue el primer libro que cayó en mis manos. Me gustó el título y me eché a la lectura; simplemente quería leer a Siri, saber qué contaba.

Ya desde el principio, entré a jugar su juego, y como lectora me tuve que enfrentar a un reto muy curioso (nunca antes me había pasado): la novela está contada en primera persona por un narrador masculino, Leo (un profesor de Historia del Arte). Hasta aquí todo normal. La cuestión es que, desde su perspectiva, aporta una visión muy peculiar sobre el mundo femenino. Sus comentarios me hacían caer una y otra vez en la trampa: parecía que una mujer estuviera contando la historia.

Por otro lado, considero que la novela atrapa por su cotidianidad, es simplemente la narración del transcurso diario de la vida protagonizada por cuatro personajes enlazados por la amistad, la admiración y el arte. El tiempo, impreciso, siempre camina hacia adelante, pero igual pasan meses o años, sin anclajes concretos a un calendario. Es la vida que pasa, se cuenta como se vive, sin que se trate de ningún hecho histórico donde la cronología tenga mucho que decir. Es la vida fluyendo.

Mientras tanto, se reflexiona sobre la paternidad y la maternidad, la función del arte, los comportamientos psicológicos… Esta vida interior sin apenas alteraciones, tan solo se ve rota por un accidente, cuya presencia crea una enorme grieta en mitad de la novela, alejando a los personajes de esa cómoda rutina para intentar construir una nueva. Cada personaje ha de adaptarse a una nueva realidad, en una vida que se va diluyendo con los años, resumida en un final que es toda una metáfora: Leo, el crítico de arte que se va quedando ciego.

Elegía para un americano

Al terminar Todo lo que amé, sentí la necesidad de seguir navegando por el universo de Siri. Necesitaba más, me había sabido a poco. Estaba tan a gusto entre sus páginas, había un hogar en ellas… La sinopsis y el principio de la novela me parecieron muy sugerentes: un padre muerto que, como testamento, deja a sus hijos un montón de papeles que reordenar, entre los que se esconde un secreto. Pero era sobre todo la necesidad de seguir leyendo a esta autora la que me ha traído hasta aquí. El universo americano es parecido, las calles de Nueva York, no las concurridas calles que nos enseñan en las películas, sino barrios tranquilos, con parques, más familiares y habitables.

Además, juega con la reaparición de personajes que van poblando sus novelas, como Galdós. Es el caso de Leo, protagonista de la anterior novela y con presencia secundaria en esta. Son muchos los temas y puntos en común. El mundo del arte, especialmente: si en Todo cuanto amé era la pintura y la escultura, aquí es la fotografía. La descripción minuciosa de las obras de arte son un ejercicio de maestría en el que se funden la literatura y el mundo plástico. Es el poder de la palabra.

Y, de nuevo, un acontecimiento, un secreto, un hilo de tensión, para contar la vida cotidiana llena de anhelos y fracasos de la clase media intelectual neoyorkina.

Una autora totalmente recomendable, un premio totalmente merecido.

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